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Controladores, la nueva pandemia

En la nueva normalidad aparece el excesivo control corporativo que se recrudeció en el homeoffice propiciado por Covid-19. Mandos gerenciales asumieron que debían fiscalizar al personal a través de llamadas fuera de los horarios regulares de trabajo, incremento de tareas y juntas “sorpresa”.

¿La razón? El temor a que las amenazas los rebasen y se perciba incompetencia o debilidad, genera que aparezca el control excesivo. En general, el liderazgo coercitivo retoma vigencia en épocas de crisis e incertidumbre, porque los “controladores” perciben que todo se sale de las manos y temen no estar a la altura de las circunstancias.

Los jefes excesivamente controladores representan una paradoja: son muy inteligentes, pero paradójicamente no tienen confianza en sí mismos. Se les detecta fácilmente porque se identifican con la ira: es su manera de controlar a los demás, pero también de manipular. El daño que este tipo de jefes genera en sus empresas se cuantifica con pérdidas de hasta el 30% de productividad a través de accidentes laborales, rotación, incapacidad de innovación, faltas continuas, postergación de metas. Cuando existe un supervisor altamente controlador sus equipos de trabajo se caracterizan por apatía y “síndromes del quemado” o burnout. El silencio y sumisión de sus colaboradores delatan a los controladores.

Sin embargo, el controlador no está a salvo. Sufre contracturas musculares, dolores de cabeza y migrañas, trastornos digestivos y bipolaridad caracterizada por pasar del amor al odio y a la inversa de un momento a otro.

En general se trata de personas muy eficientes en el trabajo, por lo que las empresas suelen solapar el malestar que ejerce sobre sus equipos de trabajo. Algunos de los signos que delatan al controlador excesivo son: percepción absolutista de la vida, incomprensión de otros puntos de vista. Son muy responsables, resolutivos y exigentes, soportan gran cantidad de carga de trabajo con apenas errores. También suelen ser perfeccionistas y planifican bien todo. Minimizan la improvisación y espontaneidad. Son racionales antes que intuitivos y gran tendencia al autoritarismo.

Desterrar los problemas ocasionados por los controladores es una decisión empresarial. Entre las soluciones está el entrenamiento gerencial en inteligencia emocional, evaluaciones 360 grados, implementación de liderazgos horizontales y empoderamiento de cada colaborador.

El controlador excesivo, por otra parte, puede recurrir a diferentes terapias como la decodificación emocional o constelaciones familiares para detectar en qué momento de su vida apareció un episodio de gran pérdida que no logró controlar. La paulatina delegación, por otra parte, también es una destreza que logra aprenderse.

Finalmente, vale mencionar que un líder no nace. Es producto del conocimiento y pragmatismo cotidiano y las grandes crisis son oportunidades de mejorar la gestión.

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